Adolescentes violentos

En los adolescentes el comportamiento agresivo no indica por sí mismo una situación de trastorno, ni es necesariamente precursor de una conducta violenta o antisocial. Se trata más bien de una exigencia de desarrollo. Cuando la agresividad pierde su significado evolutivo y se escapa al control, se vuelve peligrosa para uno mismo y para los demás. En definitiva, se convierte en violencia.

Es violencia todo acto que implica una acción voluntaria e intencional que genera un daño o una lesión deliberados, en el plano físico y psicológico. La violencia incluye también actos autolesivos deliberados. La violencia incluye además todos aquellos actos de dominación y prepotencia ejercida tanto en las relaciones sociales como en la familia.

Los adolescentes, con su dosis extra de impulsividad en esta etapa del desarrollo, necesitan rechazar el mundo adulto con sus reglas sociales y educativas, para encontrar su propia identidad y reivindicar su autonomía. En la medida que la van consiguiendo van aceptando mejor entrar en ese mundo de adulto y se adaptan progresivamente a las normas. Por eso, comportamientos agresivos, si son transitorios, suelen ser una exigencia del desarrollo, alimentada por el impulso de crecer y ponerse a prueba.

La violencia aparece adolescente violentofrecuentemente en familias hiperprotectoras, donde la frustración de los fracasos sentimentales, escolares, de relaciones, se descargan con la familia, con quien tienen más confianza. Así, los jóvenes asustados fuera de casa se sienten fuertes, poderosos y dominantes en casa, compensando así su frustración. Los padres, comprensivos intentando ayudar a su hijo ante sus dificultades se vuelven más hiperprotectores, convirtiéndose así en sus rehenes. Eso ayuda a mantener el problema, que se prolonga y acucia hasta que se produce un cambio en la interacción. Paradójicamente los padres son así cómplices de la agresividad de su hijo.

En ocasiones es uno de los progenitores el foco de la violencia de su hijo, que se sacrifica inmolándose con la buena intención de ayudar, como sparring, a contener la frustración y la rabia de su querido hijo. No obstante, en este juego interactivo, el que se sacrifica refuerza paradójicamente el reprobable comportamiento violento.

En el modelo de familia democrático-permisivo también aparecen jóvenes violentos. Los adolescentes saben que subiendo el tono acaban consiguiendo cualquier cosa, sin dar nada a cambio. Su violencia puede no tener límite cuando la máxima preocupación de los padres es mantener la tan deseada paz familiar.

En las familias autoritarias, rígidas y excesivamente cerradas al cambio, el adolescente violento surge como rebelión. El hijo intentará cambiar alguna norma y el choque con su rígido progenitor podrá acabar en una escalada simétrica, un pulso fuera de control, donde el adolescente pueda mostrar comportamiento violento.

Vemos, por tanto, que la violencia en familia desarrolla una función positiva, la de la comunicación, y busca encontrar un sistema flexible, para que la familia funcione. Los padres deben ejercer su autoridad de una forma flexible, y racional, sin que existan grandes discrepancias entre ambos progenitores.